De trajes, usabilidad, emperadores y el resplandor de lo evidente

El secreto del éxito en muchos campos es conseguir hacernos ver lo evidente; por eso nos hacen tanta gracia los chistes y monólogos cómicos basados en situaciones cotidianas: ¿Por qué bajamos el volumen de la radio cuando estamos buscando aparcamiento?…

El secreto del éxito en muchos campos es conseguir hacernos ver lo evidente; por eso nos hacen tanta gracia los chistes y monólogos cómicos basados en situaciones cotidianas:

¿Por qué bajamos el volumen de la radio cuando estamos buscando aparcamiento?

Es evidente que muchos lo hacemos y que sirve de muy poco (sólo se me ocurre que nos permite concentrarnos en la tarea). Pero que nos lo descubran y que nos lo hagan tan patente nos sorprende agradablemente, nos gusta, y cuanto más obvio resulta, más gracia nos hace.

Aplicado a nuestro mundillo, la sensación se repite cuando leemos algunos criterios de usabilidad web. Raras veces se trata de normas rebuscadas o de motivos ocultos tras sesudos estudios; lo habitual es que sean trivialidades como:

  • Las animaciones distraen; mejor evitarlas si no aportan nada nuevo. (“Claro… es cierto…”)
  • Los enlaces deben estar subrayados (y mejor en azul) para que el usuario los distinga claramente. (“Y además es lo más sencillo de conseguir”)
  • Los scrolls son incómodos, sobre todo el horizontal; evítelos en su página. (“Es cierto; recuerdo aquella página…”)

Pero si todo esto era tan obvio, ¿por qué nadie lo había expresado anteriormente? ¿Por qué en ocasiones es tan complicado hacérselo ver a los demás? ¿Por qué nos ocurre tan frecuentemente lo mismo que en el cuento de Hans Christian Andersen, “El traje nuevo del emperador“?

En el cuento, un Emperador muy aficionado a los trajes contrata por una buena cantidad de dinero a un par de tejedores que aseguran que le harán un traje con una tela bellísima y que además tiene la propiedad mágica de ser invisible para las personas ineptas o estúpidas.

Por supuesto, los tejedores son dos estafadores que simulan tejer con una tela que en realidad no existe; y por supuesto también, el Emperador y toda su corte alaba la belleza del traje sin reconocer que no lo ven por miedo a quedar como estúpidos.

Llega el día de exhibir el traje ante los cortesanos, y el Emperador desfila totalmente desnudo entre una muchedumbre que, conocedora de las propiedades del traje, no deja de admirarse ante su belleza… Hasta que un niño, enmedio de la multitud, exclama “¡pero si va desnudo!”. Poco a poco, el rumor se extiende y al final todos acaban por reconocer el engaño.

No cabe duda de que el mérito de esos descubrimientos es doble: por un lado, darse cuenta de que existen; y por otro lado, atreverse a expresarlos públicamente, en ocasiones en contra de opiniones generalizadas o supuestamente más respetables. A partir de ahí, si se consigue que el descubrimiento se extienda y se respete, uno se convierte en un gurú, un experto, o algo “peor”.

Pero no parece probable que esto último sea el final más habitual; no creo que Jakob Nielsen fuera el primero en darse cuenta de que el Flash era utilizado mal en la inmensa mayoría de sitios web, pero probablemente fuera el primero en atreverse a expresarlo públicamente y en tener el suficiente prestigio como para que su opinión fuera tenida en cuenta.

Estoy seguro de que este tipo de situaciones se da en muchos entornos; el éxito de Dilbert, por ejemplo, está basado en hacernos ver lo ridículas que son situaciones cotidianas en nuestros trabajos. Me viene a la memoria una tira en la que su jefe aparece literalmente “cegado por el resplandor de lo evidente” tras descubrir que reduciendo los gastos y aumentando los ingresos conseguirían incrementar los beneficios.

El consejo habitual en estos casos es que cada cual extraiga su propia moraleja. En mi caso, me quedo con que, en ocasiones, el éxito está en perder el miedo a expresar lo evidente incluso aunque sea oponiéndose a la mayoría porque, muchas veces, el Emperador SÍ está desnudo.

PD: Creía recordar (¿de un libro que leí siendo niño? ¿de una película de animación?) que, al final de la historia, el Emperador reconocía el engaño e intentaba atrapar a los estafadores, aunque estos ya habían escapado. Pero en las versiones que he encontrado en la red, el Emperador termina sospechando la estafa pero sigue el desfile, manteniéndose en sus trece. ¿Escribió Andersen un final menos políticamente correcto pero más cercano a la realidad?

One thought on “De trajes, usabilidad, emperadores y el resplandor de lo evidente

  1. makoki

    pues mira, ramsys, yo bajo el volumen de la radio (cuando el coche que tengo tiene, para oir si alguno de los que esten aparcados arranca, y asi, poder ocupar su sitio. 🙂

    a ver si este verano, me doi un rule por alla, i minvitas a una ensaimada. salud i viva #espana

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