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No protejan la cultura, por favor

Las consecuencias de aplicar los principios del “copyright” a las tecnologías digitales son nefastas. Así lo expone claramente el libro “Free Culture” (“Cultura Libre”).

Es muy probable que estos días hayas oído frases como “hay que proteger a la cultura, o desaparecerá” (la cultura humana ha existido miles de años sin protectores y no le ha ido tan mal) o “los creadores tienen sus derechos” (como si todos nosotros no fuéramos también creadores). Por desgracia, muchos de los que hacen estas afirmaciones en los medios de comunicación, o lo hacen por interés propio, o lo hacen sin conocimiento del tema.

A los segundos, y a cualquiera que esté mínimamente interesado en el tema (que deberíamos ser todos), habría que exigirles que, como mínimo, hagan una lectura del libro  de Lawrence Lessig “Free culture” (“Cultura libre” en español, traducido por Antonio Córdoba de Elástico):

Free culture 

Curiosamente, el título en inglés puede traducirse también como “Liberad la cultura”; no es una casualidad. El subtítulo reza “Cómo los grandes medios usan la tecnología y las leyes para encerrar la cultura y controlar la creatividad”.

Es un libro fácil de leer, entretenido, aclarador y, por supuesto, cualquiera es libre de usarlo como desee siempre que no sea con propósitos comerciales y que se cite al autor.

¿De qué va el libro? Pues se puede decir que hace un recorrido por los orígenes de lo que ahora llamamos “copyright” y por qué no tiene sentido su aplicación a los actuales medios digitales.

Algunas ideas

No pretendo hacer un resumen detallado del libro, pero sí extraigo algunas ideas que me parece importante conocer. Hay que decir que el libro está centrado en EE.UU., pero creo que resulta igualmente ilustrativo independientemente de la ubicación geográfica.

Casi toda la industria artística ha nacido como piratería de un medio anterior

Exactamente; todas las industrias que ahora están acusando a Internet y las nuevas tecnologías de aprovecharse del trabajo de otros parecen olvidar que, muy probablemente, su propia industria nació también aprovechando trabajos anteriores sin su permiso; sin ir más lejos:

  • La industria del cine de Hollywood nació cuando creadores y editores emigraron desde la costa este a California a principios del siglo XX, huyendo del control y de las patentes que Thomas Edison aplicaba sobre sus inventos. Así es: los creadores de Hollywood “piratearon” las creaciones de Edison.
  • La industria discográfica ha salido adelante “pirateando” en parte los derechos de los autores, ya que éstos no pueden, por ley, fijar el precio que deseen por realizar las grabaciones (al menos en EE.UU.).
  • La radio utiliza y paga derechos a los compositores de la música que reproducen, pero no a los artistas que la interpretan.
  • La televisión por cable inició su andadura en EE.UU. sin dar ninguna compensación a las emisoras que emitían en abierto y cuyo contenido simplemente reproducían.

Como dice el libro,

Si la “piratería” significa usar valor de la propiedad creativa de otro sin permiso de ese creador –tal y como se la describe cada vez más hoy día– entonces todas las industrias afectadas por el copyright hoy día son el producto o la beneficiaria de algún tipo de piratería. El cine, los discos, la radio, la televisión por cable… La lista es larga y bien podría expandirse. Cada generación le da la bienvenida a los  piratas del pasado. Cada generación–hasta ahora.

En sus orígenes, el copyright regulaba muy pocos usos

Así es; en la Inglaterra del siglo XVIII, “copyright” tenía su significado literal de “derecho de copia”: el derecho a reeditar o crear nuevas copias de una obra existente. Nada más. No controlaba en ningún modo cómo se iban a utilizar esas copias. En otras palabras, el porcentaje de usos de la obra regulados por el copyright era mínimo.

Si ahora mismo compras un libro, la mayor parte de su uso no está regulado: nadie controla (o al menos, nadie debería controlar) cómo lo lees, si se lo prestas a alguien, si lo revendes o si lo usas para calzar un armario, ya que todos esos usos no generan una copia.

Sin embargo, las tecnologías actuales funcionan de tal modo que casi cualquier uso de una obra digital pueda ser considerado como una copia (descargar o enviar un archivo es, en realidad, hacer una copia), y pasa así automáticamente bajo las leyes del copyright. De ese modo, una regulación que surgió para cubrir un caso muy concreto (reedición de obras) ha pasado a regular prácticamente cualquier uso de la obra.

Y lo peor es que es una regulación que, lejos de fomentar la creatividad, lo que hace es limitarla.

Cada ámbito está gobernado por la ley del copyright, mientras que antes la mayor parte de la creatividad estaba sin regular. La ley ahora regula el espectro completo de la creatividad –comercial o no, transformadora o no– con las mismas reglas diseñadas para regular a los editores comerciales.

Consecuencias

Las consecuencias de este abuso del “copyright” son claras: la creatividad y la cultura están concentradas en pocas manos; muy pocas. Sólo aquellos que disponen de un ejército de abogados pueden arriesgarse a crear y publicar contenidos, enfrentándose a las arenas movedizas legales que envuelven ahora esa actividad.

Nadie discute que los autores puedan reclamar sus derechos; pero cuando las leyes que regulan esos derechos tienen consecuencias tan nefastas, y se llega al punto de restringir libertades individuales bajo al premisa de considerar como delincuente a gran parte de la población, es que se ha llegado demasiado lejos.

Y, peor aún, la tecnología permite que el permiso se convierte en limitación. No se trata de que sea delito realizar copias de una determinada obra, sino que incluso poseer la tecnología que permite hacerlo puede convertirse en delito.

El libro termina así:

Las leyes deberían regular ciertas áreas de la cultura–pero debería regular la cultura solamente allí donde la regulación produce algo bueno. Y sin embargo los abogados raramente examinan su poder, o el poder que promueven, a la luz de esta sencilla pregunta pragmática: “¿Producirá algo bueno?” Cuando se los desafía en relación al ámbito de acción cada vez mayor de las leyes, responden “¿Por qué no?”

Deberíamos preguntar “¿Por qué?” Demuéstrame que hace falta tu regulación de la cultura. Demuéstrame que produce un bien. Y mientras no puedas demostrarme estas dos cosas que tus abogados no se acerquen.

Nos suena, ¿verdad?

5 thoughts on “No protejan la cultura, por favor

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  2. Andreu Beltran

    Molt bons i oportuns, el llibre i el teu comentari.
    A l’inici de l’apartat “Algunas ideas” (paràgraf 7è des del principi), on diu “No pretende…” hauria de dir “No pretendo…” o “No se pretende…”

  3. Pingback: Twitter Trackbacks for No protejan la cultura, por favor -@- jordisan.net [jordisan.net] on Topsy.com

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