modelos mentales

Y tu web, ¿es de chocolate o de fruta?

Un experimento psicológico nos ayuda a entender por qué es tan importante que nuestras interfaces sean sencillas y “no hagan pensar” al usuario.

Ocurre a veces. Después de estudiar en detalle una aplicación o un sitio web para entender bien cómo funciona y cuál es su propósito, pasas a proponer un prototipo o un rediseño de las páginas o pantallas con el loable objetivo de que sea más inteligible y fácil de usar para sus usuarios. Y entonces, alguien (habitualmente responsable del producto) dice algo parecido a esto:

  • “Bueno… Tampoco hace falta que sea tan sencillo”.
  • “Nuestros usuarios no son tontos; ya saben algo del tema”.
  • “Es que hacen falta unos conocimientos mínimos para usar esto”.
  • “No pretendemos que cualquiera pueda usar nuestro producto”.

Ante lo cual tú, que eres el “experto” en estas cosas, puedes reaccionar de dos modos: o te agarras a tu autoridad y a la máxima de hacer las cosas lo más sencillas posibles, e intentas que se tengan en cuenta tus sugerencias; o bien sufres una crisis de fe y te preguntas si realmente es necesario hacerlo todo tan sencillo, o hasta dónde tenemos que llevar aquello de “No me hagas pensar” del libro de Steve Krug.

Pues bien: en esos momentos de duda existencial viene al rescate un experimento realizado a finales de los 90 por los psicólogos de la Universidad de Iowa, Baba Shiv y Alexander Fedorikhin. (more…)

La relación amor-odio entre las interfaces y los modelos mentales

Una tira cómica pone de relieve que diseñar interfaces sencillas es, en realidad, un proceso complejo.

Si diseñar interfaces fuera algo trivial, no existirían entonces las inconsistencias de las que hablaba (o, mejor dicho, dibujaba) Mauro Entrialgo en su blog hace ya algunos meses:

Tira de Mauro Entrialgo Tira de Mauro Entrialgo

Ya véis: diseñar una interfaz no es simplemente poner botones para todas las funcionalidades del aparato, sino que debe tenerse en cuenta el modelo mental del usuario de ese sistema.

¿Y qué es el modelo mental? Pues no, no consiste en imaginarse a Adriana Lima, sino que es la imagen del sistema que tiene el usuario en su cabeza; o, dicho de otro modo, cómo cree que funciona; los problemas vienen cuando el modelo mental no se ajusta al funcionamiento real. Y todo eso teniendo en cuenta que ese modelo no depende únicamente del diseño de la interfaz, sino también de experiencias anteriores.

Por eso, el modelo mental en el caso de la televisión es sencillo y se ajusta a su funcionamiento: “quiero que el volumen esté más alto [o más bajo]: si pulso el botón ‘subir’, subirá el volumen [si pulso el botón ‘bajar’, bajará el volumen]“. Cuando el modelo mental se corresponde con el funcionamiento del sistema, no hay problemas.

En el caso del ascensor la cosa se complica un poco: “quiero ir al piso X: si está por encima, pulso el botón ‘subir’; si está por debajo, pulso el botón ‘bajar’“. Esto obliga al usuario a hacer el (pequeño) esfuerzo mental de traducir el piso al que quiere ir (su verdadera intención) a la acción de subir o bajar. El modelo mental se ajusta bastante bien al funcionamiento del ascensor, en este caso muy reforzado por experiencias anteriores. Pero si nos encontráramos por primera vez ante un panel de botones de un ascensor, ¿tendríamos claro que el botón “bajar” es para ir hacia abajo, y no para que el ascensor baje?

El caso de la calefacción es el más complejo y estoy seguro de que muchos de nosotros nos encontraríamos con problemas ante un mando así. A no ser que tengas experiencias anteriores con sistemas parecidos, el usuario podría aplicar un modelo mental similar al caso de la televisión: “quiero que suba [baje] la temperatura: si activo el sol=calor [nieve=frío], subirá [bajará] la temperatura“. Una interpretación incorrecta que, encima, será difícil de detectar debido a que la respuesta del sistema subiendo o bajando la temperatura no es inmediata.

Lo más llamativo de muchas interfaces poco usables, como esta última, es que detectarlas puede ser más o menos difícil, pero corregirlas puede ser muy sencillo. En la calefacción, como decía el dibujante de Dilbert, sería mucho más sencillo que el usuario simplemente indicara la temperatura que desea, y fuera el sistema el que decidiera si necesita subir o bajar la temperatura.